
Hay sesiones que son especiales por lo que representan. Esta no fue solo una sesión de verano, ni una más de mi proyecto fotográfico. Fue su sesión. La de Naiara. Mi hija.
Tiene dos años y medio y, aunque aún es pequeña, ya es una fuente inagotable de luz, de alegría, de carácter. Quería capturarla así: libre, juguetona, sin filtros. En un escenario veraniego que evocara lo que estamos viviendo juntas en esta etapa de su infancia… y de mi maternidad.
Montamos un rincón lleno de detalles: conchas, piñas, flores, una brisa imaginaria y mucha risa real. Naiara no posó, simplemente fue ella: corriendo, explorando, riendo a carcajadas, y en algún momento, mirándome con esa mezcla de complicidad y amor que solo se entiende cuando también eres madre.
Fotografiarla es mi manera de detener el tiempo, de decirle en imágenes cuánto la amo y cuánto me transforma cada día.
Esta sesión es un pedacito de nosotras. Y también es parte de La Magia del Momento, ese lugar donde la fotografía se convierte en memoria, en vínculo, en emoción.
Gracias por enseñarme a mirar el mundo con tus ojos.






