
Hay sesiones que llegan para removerte por dentro, que te sacan de lo habitual y te recuerdan por qué la fotografía es algo tan poderoso. Esta vez no hubo bebés, ni risas infantiles, ni decorados suaves. Esta vez hubo tinta, emoción, y una historia que merecía ser contada con imágenes.
Tuve el privilegio de fotografiar a una tatuadora en plena acción, pero no era cualquier tatuaje. Era el nombre de una nieta, grabado con amor y valentía en la piel de su abuelo. Un hombre que ha atravesado varios ictus, y que aún así decidió hacerse este gesto tan simbólico y profundo.
Fue una sesión distinta, intensa, y muy humana. Estaba fuera de mi zona de confort, sí. Pero también estaba justo en el lugar donde pasan las cosas importantes. Donde las emociones son tan reales que no hace falta más que observar y dejarse llevar.
Capturar ese instante, en el que el amor entre generaciones se convierte en arte permanente, fue un reto y un honor. No solo por lo que significaba el tatuaje, sino por todo lo que se respiraba en el ambiente: respeto, admiración, vida.
Gracias a la artista por dejarme entrar en su espacio, y al abuelo por su generosidad y fortaleza. Me llevo mucho más que fotos de esta sesión. Me llevo una historia, una lección, y una nueva puerta abierta dentro de mí.






